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Veinte años no es nada

Se cumplen veinte años de una fecha que marcó mi vida. Fue el tres de diciembre de mil novecientos noventa y siete. Han pasado veinte años pero me acuerdo hasta de la hora aproximada. Alrededor de las 16:30 h. de la tarde un resbalón con una flexión brusca de la pierna derecha y un terrible dolor intenso en la rodilla. Me trasladaron al hospital porque no podía ni mantenerme en pie y tras un primer diagnóstico de fractura de rodilla, se escondía un osteosarcoma (cáncer de hueso).

Entre algunas fechas destacadas por la importancia que tuvieron durante el tiempo en que recibí tratamiento y cirugía para combatir la enfermedad, esta es la más señalada que se me ha quedado grabada porque fue cuando empezó todo. Al principio todo un calvario, después un duro trance, pero al final el recuerdo del comienzo de una lucha, de una superación y como he escrito al principio de un hecho que cambió vida. Alguna vez incluso cuando me pongo metafísico concluyo que ese día es como si hubiese vuelto a nacer.

El diagnostico inicial de la enfermedad no fue nada esperanzador, “osteosarcoma en fémur derecho con fractura ósea”. Esto último agravaba la enfermedad ya que según me explicó años después el traumatólogo que me trató, esa circunstancia hacía aumentar en un porcentaje muy alto la posibilidad de que se diseminase el tumor.

Pero la moneda cayó de cara. Aunque creo que lo justo no es interpretar el resultado de un tratamiento como una cuestión de suerte, sino del buen hacer de la medicina y de quienes la aplican. Concretamente dos equipos trabajando mano a mano (oncólogos y traumatólogos) consiguieron que superase la enfermedad y que veinte años después siga haciendo una vida completamente normal.

Deseo que este testimonio sirva de ayuda a pacientes y familiares que estén pasando por el duro trance de combatir esta enfermedad. Mis mejores deseos a todos ellos y una conclusión: ¡El milagro de la vida es posible!

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Me llamo Raúl. Tengo 37 años y cuando me faltaba algo más de un mes para cumplir 25, me diagnosticaron cáncer (osteosarcoma en fémur derecho)

Superar una enfermedad así fue difícil y duro. Más aun sabiendo que iba a dejarme secuelas físicas para siempre. Pero también me dejó algo de una importancia crucial. Unos valores que surgieron de aquella experiencia y que me van a acompañar para siempre.

Una vez que te dicen que lo has superado, que has vencido a la enfermedad, sientes que toda la amargura acumulada por la que hubo que atravesar durante todo el tiempo que duró el tratamiento, se convierte de repente en una satisfacción y una felicidad difícilmente narrable, como salida a presión. Pero esa felicidad no es eterna. Quiero decir con esto que a lo largo de estos últimos 12 años, he tenido muchos momentos felices pero también amargos. Y es aquí donde los estados de ánimo encontrados y mezclados entre alegrías y tristezas por diversas y poderosas razones, quedan ordenados en mi cabeza por aquellos valores que nacieron entonces, de forma que los motivos de alegría cuando aparecen o surgen, me los potencia, mientras que las causas de tristezas cuando también han surgido, me hace que lo afronte aceptándolo y como según que casos merece, también resignándome.

Un ejemplo de alegría potenciada es cuando después de unas grandes dificultades para encontrar trabajo y entrar en el mercado laboral, por culpa precisamente de la incapacidad física producida por la enfermedad, por fin lo consigues. Hice de aquellos momentos una gran felicidad. Un ejemplo de aceptación y resignación ante algo triste o amargo es cuando descubres que la quimioterapia, que en su momento fue un arma fundamental para curar la enfermedad, te ha dejado unos efectos secundarios en forma de infertilidad. Estos dos ejemplo, resumen la satisfacción y resignación de la que he hablado anteriormente.

Además de todo esto, en este testimonio quiero destacar algo de crucial importancia para mí. Cuando tiempo después de haber acabado el tratamiento quimioterápico me enteré de la alta probabilidad de haberme quedado infértil por los efectos de la quimioterapia, no dudé en someterme a pruebas médicas que confirmasen o descartasen aquella circunstancia. El urólogo que me dio los resultados me confirmó que no había ni un solo espermatozoide en la muestra del seminograma que me había realizado. Por si aquello no hubiese sido suficiente mazazo anímico, también me dijo que con el tipo de quimioterapia al que me sometí y el número de ciclos que recibí, la infertilidad confirmada mediante el seminograma iba a resultar irreversible. A pesar de tan duro y amargo golpe (tuve que compartir aquella noticia con mi pareja, por lo que pasó a ser un problema de los dos), vuelvo a destacar la capacidad de resignación que tuve en esos momentos, convencido de que dicha actitud la aprendí de los valores surgidos por la enfermedad.

Quizá a algunas personas les suene haber escuchado alguna vez un par de frases utilizadas por médicos. Las frases son estas ─en la medicina no se puede decir ni siempre ni nunca─ y ─en la medicina dos y dos no siempre son cuatro.─ Yo al menos recuerdo haberlas escuchado dos veces. Pues tengo que decir que efectivamente esas frases son una realidad como la vida misma. Doce años después de haber superado un cáncer y de haberme sometido a tan duro tratamiento para ello, la vida me deparó una gran sorpresa confirmando además aquel tópico de las matemáticas aplicado a la medicina. Aquella gran sorpresa fue que mi pareja y yo esperábamos un bebé. Algunas cosas en esta vida no dejarán nunca de ser sorprendentes. El cuerpo humano, esa gran máquina casi perfecta, había vuelto a desafiar las leyes de la ciencia haciendo un trabajo para el que estaba desahuciado, y con ello nos había regalado posiblemente lo más maravilloso que le puede ocurrir a una persona en su vida, “ser padres”. Hoy, en los momentos de escribir este relato, mi particular testimonio, tengo que decir que tengo un precioso niño de nombre Marcos, y que ha cumplido sus primeros tres meses de vida.

No quiero acabar sin dar un sincero y eterno agradecimiento a todo el campo médico-científico que trabaja día a día por un fin, la salud y la vida. Para todo ese campo, mi mayor admiración. También un especial recuerdo para el Hospital Universitario La Paz y en particular, la Unidad de Tumores Oseos y la de Oncología Médica de este hospital. Para todos ellos, también mi más sincero cariño y admiración. Asimismo quiero hacer un hueco entre estas letras para dedicar un especial agradecimiento a la Asociación Española Contra el Cáncer y a todos los voluntarios de esta asociación que también día a día ayudan a los enfermos y sus familias en la dureza de convivir con una enfermedad como el cáncer y que a mí y mi familia tanto nos han ayudado. Para todos ellos también un gran agradecimiento y admiración por desempeñar una labor que no tiene precio.

Por último, quiero acabar con una frase que hizo célebre un gran periodista deportivo que ya no está entre nosotros y con ello sirva también de homenaje hacia él. ─LA VIDA PUEDE SER MARAVILLOSA─

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