El cáncer invisible (Episodio 1)

Hace 7 meses

Hoy día 20 de enero, hace un mes que vuelvo a encender el ordenador, y eso es raro en mí, en una persona que vive por y para internet y sus redes sociales. Sin embargo, mi vida ha dicho basta, los cables se me han cruzado de una manera exagerada y he decidido inmiscuirme en el profundo mundo de la mentalidad y del existencialismo humano. Ojalá sólo fuese ese pensamiento, pero no es así. Me he sentenciado mortalmente hablando. Mi vida ha pasado a encontrar el camino de la paz interior buscando un recodo de armonía mientras espero que llegue algo que no sé que es. Sensaciones físicas intensas que no son comprendidas por nadie, ni incluso por los médicos, mi familia me tilda de loco y sólo encuentro apoyo en unos pocos, para los demás soy una simple persona que está fingiendo tener una dolencia, pero yo siento que mis días en este mundo se están acabando. ¿Y por qué? os preguntaréis. Pues porque siento que ese final está cerca y tengo síntomas de ello, aunque análisis y pruebas gastroscópicas digan que no tengo absolutamente nada malo. Pero, ¿quién va a pensar que un chaval de 26 años, deportista y sano, fuese a tener un cáncer? Pues efectivamente nadie y menos tu familia.
Cansancio, malestar, apatía, ganas de no vivir me venían persiguiendo durante mucho tiempo, hasta que un día di con la cuestión: un bulto en la clavícula estaba más grande de lo normal, nadie le daba importancia, pero mi amigo internet deparaba lo peor. Ganglio supraclavicular izquierdo es signo de metástasis de algún órgano gástrico, entre otras cosas, justo lo que yo había imaginado que algún día me iba a pasar. Yo y mis problemas con el estómago. Pues bien, la rallada mental es y ha sido, descomunal durante este último mes. Ecografía sin adenopatías patológicas. ¡Tócate los huevos! En Internet pone bien clarito, en todos los estudios médicos (nunca os fiéis de los foros) que un ganglio supraclavicular siempre es patológico. El ecografista ni caso, a lo suyo. Al menos, salí más relajado de esa prueba, pero unas cuantas horas duró mi alegría. Obviamente seguía buscando porque yo ya no me fío ni de mi propia sombra y menos de la sanidad de este país. Mis temores se hacían evidentes. Más aún, cuando llevaba sin poder tragar alimentos ni bebidas cómodamente, sentía que se me enganchaba la comida en el fondo de la garganta. Pero, no le di la más mínima importancia hasta que enlace el ganglio supraclavicular con mis problemas de disfagia, y la mezcla perfecta es cáncer de esófago en etapa terminal, o al menos lo que yo llevo creyendo durante este último mes.
La sensación de muerte cercana de este último mes ha sido tremenda. Unas navidades que bien podía haber estado en mi pueblo, se han visto alteradas por mis manifestaciones no sólo mentales, sino también físicas. Angustia máxima. Bien es cierto, que tras haber ido al médico del aparato digestivo un par de días antes de la ecografía, éste me mandó unas pastillas para tratar la disfagia, que no me han hecho absolutamente nada. Por ello, comencé mi periplo por donde hay que empezar siempre, por el médico de medicina interna. Y allí me aventuré, volví a los pasillos donde vi morir a mi queridísimo abuelo, es decir, al Hospital Quirón, donde se opera el Rey. Pero a mí me importa tres pepinos el Rey, porque para él, están los mejores médicos a su disposición y no tiene que esperar tanto tiempo para las pruebas. En definitiva, el internista me mandó un análisis completo, de todas las enfermedades habidas y por haber, menos de cáncer, obviamente ese es el protocolo. Yo le cuento mis síntomas, a los que él le da la importancia que le tiene que dar. Había perdido peso, no podía tragar como Dios manda y tenía un ganglio inflamado en la clavícula, algo sin incumbencia para él, visto el maravilloso informe del ecografista.
10 días de tardanza para una analítica en la que sale todo perfecto. Excepto la bilirrubina y la ferritina, que están un poco altas, pero los médicos de urgencias que me vieron durante las navidades, ya que yo estaba bien “jodido”, no le dieron la más mínima importancia, pero yo sí porque había mirado por Internet y allí todo está escrito, es como la Santa Biblia. Un aumento de ferritina puede sugerir un cáncer de esófago (entre otros), yo jamás había tenido la ferritina alta. Y mi cabeza volvió a tambalearse pensando y pensando, pasando unas navidades horribles, metido en la cama sin salir de casa y preparándome para lo peor, sin saber siquiera si iba a poder tomar las uvas. Mis síntomas aumentaron, palidez de manos, de uñas, de mucosas en ojos, boca y pene, y claro yo pensaba que tenía anemia, porque a esto hay que añadirle el tener la esclerótica de los ojos en un tono amarillento. Mis argumentos se fueron al garete cuando me realizaron otro análisis en urgencias y voila, no tenía anemia. Es gracioso. ¿Qué tenía entonces? Pues para la de urgencias nada, pero se puso en marcha para mandarme una gastroscopia rápidamente.
Tengo más síntomas que una persona hipocondriaca, o soy yo el hipocondriaco, que para muchos es así. Ya analizo mis heces y mi orina, soy un auténtico especialista en la materia. Tras pelearme con mi cabeza y con mi familia, aguanté hasta el día de la gastroscopia. Nervios a flor de piel, más aun cuando te dice una chica muy simpática que te tienen que dormir, y yo pensando: “¿Morir en una sala de este tipo? ¡ni de coña!”. Un pinchacito y Knock Out, desperté ante mi madre, y no había estado más a gusto en mi vida, milagrosa anestesia. Informe: no tiene absolutamente ningún tumor, pero se objetiva un islote sugestivo de mucosa ectópica gástrica en el esófago proximal. Bien, lo primero que hago es buscarlo en Internet. Y patadón para toda la boca: “Desde un punto de vista clínico y radiológico, se asemeja a una neoplasia (tumor). Mi cara es todo un poema, tan mala suerte no puedo tener. ¿Se están riendo de mí? He pasado por innumerables médicos y ninguno me dice lo que yo llevo pensando durante este tiempo. El problema es que todos nos podemos equivocar, pero ¿tantos? ¿Nadie se da cuenta de lo que realmente me pasa? Y eso que yo no soy médico pero lo tengo muy claro y la resignación es mi ley de vida. Como para mi familia, soy un enfermo mental, pues me tienen a base de lexatines, esa pastilla que te relaja, pero estoy tan relajado que ni puedo dormir, el insomnio debido al cáncer y a la depresión, supongo.
Ahora mismo, me estoy descojonando, porque yo sé lo que tengo y si al final (dios no lo quiera) tenga razón, me van a dar el premio Nobel de Medicina a título póstumo o una indemnización económica por negligencia médica, que para el caso de dinero es lo mismo, quedaría una buena herencia para mis hermanos, aparte de toda la que les dejaría.
Los médicos no están en absoluta preocupados, dicho de su boca, porque me ven bien, obviamente, porque no me duele nada, y puedo caminar, que si estuviera muriéndome de dolor ya sería otra cosa. Y con mi familia igual, mientras no tengas dolor no hay problema. Claro, porque el cáncer causa siempre dolor ¿no? Es una palabra tan fea, que ya de oírla te tiene que causar dolor. Pues a mí, no me duele nada. Si tuviera dolor sería más creíble, y ya saltarían las alarmas, pero aquí sigo, por eso nadie me toma en serio. “Tus síntomas es por la depresión en la que estás” “Yo no te noto ningún bulto en el cuello” (Ya tengo como cinco) o “Pero dime por qué estás así” Son las frases que más tengo que escuchar de mi familia o del médico. Lo gracioso es que se cabrean conmigo, como si a mí me gustase estar de esta manera. Nadie me entiende y soy un incomprendido ahora mismo. Nunca pensé acabar de esta forma, pero al menos es graciosa. Yo sabiendo lo que tengo desde hace un mes, y nadie se da cuenta, porque la medicina está tan avanzada, que los médicos saben más que tus sensaciones basadas en investigaciones en internet. Con todos mis respetos, la persona que mejor conoce su propio cuerpo es uno mismo, dejémonos de cuentos chinos. Para la medicina somos números que añadir a las estadísticas, nadie se preocupa en exceso si no es por su propia vida, es algo totalmente lógico. Somos egoístas en ese aspecto y luego nos llevaremos las manos a la cabeza. Pero que importa, si el que ha muerto ha sido el otro, no yo, que soy un prestigioso médico de la Universidad de Stanford.
Sin embargo, a todos nos llega el momento tarde o temprano. Lo bueno es que la mayoría de la gente sabe porque muere, pero otros se quedan sin saber la causa, diagnóstico tardío o que no hay síntomas de alarma hasta que te dé un “patatús”.
Ahora mismo, estoy viviendo en una nube, no me entero, ni me quiero enterar de nada, vivo más a gusto, quizás es un premio el no estar enfermo sin que nadie te lo confirme. Pero el sufrimiento interior es muy duro. Porque en un enfermo diagnosticado con cáncer la gente le arropa y se siente querido, en mi caso, frases como “necesitas ir a un psiquiatra” (que no digo que no), llegan a hacer daño. No me alegría por tener nada malo, obviamente, pero si lo tuviera callaría muchas bocas, sin embargo, no actuaría de esa manera. “Ves te lo dije” sería una frase hecha para la ocasión, pero no serviría de nada, ni para mí, ni para los demás, que quizás se sentirían con un poco de culpa, y no merece la pena hacer daño a la gente de tu alrededor, por mucho que no supieron ver tus problemas.