El cáncer invisible (Episodio 2)

Hace 9 meses

15 días después aguantando el tirón, sin ningún ánimo y cada vez más ansioso. Mi familia no puede aguantar mi estado de agitación mental y me mandan al psiquiatra de urgencias. Al cual le cuento toda mi vida y me manda tres pastillas para relajarme. Diagnóstico: cuadro de depresión ansiosa, o algo así. Yo ya no puedo con mi cuerpo y siento la muerte cada vez más próxima. Visita al psiquiatra de turno de nuevo en una clínica del Barrio Salamanca, valoran mi ingreso en un psiquiátrico ante mi estado. Más pastillas para que la cabeza no piense. Sin embargo, nuevos síntomas aparecen ante mí, ojos más amarillos y caca amarilla también, mi situación es insostenible.
El martes 29 de enero tengo una prueba más, el llamado esofagograma, por el cual había esperado más de un mes. Yo me negaba a hacérmelo porque pensaba que era una pérdida de tiempo cuando me han hecho una gastroscopia. En definitiva, nada reseñable en el tubo digestivo. Vuelta al internista, esta vez con toda la familia. Nada más verme, me dice -¿has tenido algún problema personal? En absoluto –Yo respondo. Es que puede que tengas depresión…
Yo obviamente sabía su respuesta, a la cual doy poca importancia, le digo que cago amarillo y no le dice nada, que tengo los ojos amarillos y no tengo nada, que él no puede hacer más por mí. Ante mi insistencia, le digo que me palpe el hígado, en el cual no nota ninguna masa. Sin embargo, me manda un Scanner o TAC abdominal, un análisis de heces y una analítica. Pero aún así, el internista, Jose María Rodríguez Fernández me confirma al 99,9 % por no decir el 100% que no tengo absolutamente nada. Y aquí sigo a día de hoy, hecho una auténtica mierda esperando que alguien me diga la verdad, sin que nadie sepa qué me pasa (sólo yo) y cuando me lo descubran ya será demasiado tarde, sino lo es ya, que yo creo que sí. Aún así, me gustaría una muerte digna, como a todo hijo de vecino, en la que todo el mundo sepa por qué he llegado a este extremo.